La carrera espacial que nunca fue.


El espacio mismo es esencialmente la antítesis de la psicología humana. No servimos para el cosmos, precisamente por eso jamás renunciamos a aquel sueño.


Mientras correteábamos muy por debajo de las nubes de nuestra esfera, casi cometimos el error fatal de decidir que no queríamos pasear por encima de ellas. Solo porque habíamos fracasado estrepitósamente, en varias ocasiones, al intentar alcanzarlas. 

Aunque algunas voces susurran acerca de una escisión anterior, no fue sino hasta aquel 7 de noviembre de 1967 cuando nuestro sueño de surcar el cosmos se hizo realidad. Una realidad que se mezcló con aquellas obras de ficción. Pero eso no era una sorpresa. Nunca lo había sido, puesto que la realidad siempre fue, y será, una ficción impuesta, y sin embargo, hay más verdad en la máscara que usamos, en el juego que jugamos, en la ficción que obedecemos y seguimos, que en lo que está oculto bajo esa máscara. 

En aquella ficción encontramos una suerte maldita de una fábula de Esopo adaptada al cosmos. No necesitábamos de otros mundos. Un solo mundo, el nuestro, nos habría bastado; pero no pudimos aceptarlo tal y como era. Una afección común entre los humanos. Por eso, nos embarcamos en la búsqueda de una imagen ideal de nuestro propio mundo basada, a su vez, en el ideal de nosotros mismos. 

Sin embargo, hay algo dentro nuestra a lo que rehusamos enfrentarnos, de lo que intentamos protegernos, pero que sin embargo permanece, ya que no dejamos la Tierra en un estado de inocencia primitiva. Llegamos hasta aquí tal como somos en la realidad, y cuando te adentres en ese recorrido y se te revele esa realidad, esa porción que preferiríamos pasar en silencio, entonces descubrirás, con una magia sin parangón, lo que tanto habías anhelado...

¿QUÉ CABE ESPERA? SI ES QUE CABE ESPERAR ALGO.

Y así, saltando de una esfera a otra, en mitad de una inmensa niebla que se contrae y se expande mientras avanza en todas las direcciones y sentidos -porque al igual que los sueños, nunca retroceden, solo cambian de lugar- nacen las historias; materiales escritos e impresos en el imaginario colectivo de corta duración que no son producidos para que se mantengan o conserven, no por más de un día.

Es un paraje inhóspito que se construye al paso y la evolución puede ser creativa. Donde cualquier criatura toma nota de sí misma y se dirige como requiera, liberándose de sus grilletes y atravesando la bóveda abstrusa impulsada por la sinapsis dialéctica entre un trayecto inabarcable de control eterno y la culminación del espíritu de la Tierra.

Este libro es el comienzo de una invitación a la evasión hacia la carrera espacial que nunca fue, a una travesía lejos de la realidad, tal y como se percibe. A lo largo del viaje hay amistades, cartas de azar y destino, y una nave con vistas al exterior. Pero el camino no va hacia afuera, sino hacia adentro. El paisaje es el de la imaginación, los sueños y las ideas, la mente y la dialéctica, envuelto en nociones de estética reconocibles - las ancestrales tierras pasajeras de Ephemera. 

Los medios son el cosmismo ruso y el surrealismo; pues el espacio no es más que el espejo del subconsciente. El método es el de un juego de rol, una actividad en la que un grupo de personas crean y participan en una historia. El fin es liberar los pensamientos de sus patrones habituales. La intención del juego es liberar esa impulsividad y el poder creativo de la mesa de juego. 

Tal vez, incluso a pesar de que en los juegos del rol abrazamos la tarea común de imaginar otros mundos, la búsqueda de otro ser humano prevalece, ya sea en la ficción de un sueño, la del cosmos o la autoimpuesta. Si es que hay diferencia alguna.

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