Cáscara I (el Cinturón)
Los pueblos anteriores a la sociedad sin clases lo llamaron el Cinturón. En la actualidad, en el seno de la academia de la sociedad post-marxista se sigue denominando así en honor a las personas que arriesgaron sus vidas apostando por la defensa de una realidad material frente a un idealismo racionalista. No obstante, las cábalas internas de la sociedad sin clases prefiere referirse a esta región del sistema solar como Cáscara-I o Mi Historia.
Mas allá de su topografía de anillo de cascadas electromagnéticas y crujientes copos de porcelana y escarcha de color burdeos que anhelan el aroma de una jarra de mors -una bebida de arándonos rojos y almíbar-, es aquí es donde la mayoría de los seres residen desde un principio. Es una extensión vírica atenuada, a mismos efectos que los de una vacuna imperecedera, de los tiempos remotos del capitalismo tardío y del discurso .vulgar y cobarde del heroísmo personal. Los tiamitas pululan por estas regiones, no como una pesadilla cósmica, sino como un sueño molesto, insidioso y de mal gusto. Las expresiones gruñonas y carcajadas pajareras e inconexas son fuente de adulación entre anarquistas -deborinistas y grupos de lazzaronnis, principalmente- y alguna que otra división del lumpenproletariado, aunque en una proporción mucho menor y desconocida.
Las regiones habitadas se pueblan sin previo aviso por edificios laberínticos confinados por cortinas translúcidas de color gris y suelos de mármol negro-blanco en zigzag que recorren cada palmo de asteroide varado que contenga hielo, y no son pocos, pero tampoco muchos. Los justos, pero más de los necesarios. Es una región de presunción de presunciones donde los tiamitas se aseguran de que nuestras necesidades sean satisfechas, pero además insisten en que nos preguntemos constantemente sobre nuestro propósito personal mientras ponen todos sus medios para que ese deseo no logre identificarse. Estas construcciones parecen tener su foco en Tserera -el cuerpo celeste más poblado de esta región del sistema solar- y por ello reciben el nombre de tsererías. Aunque nadie debe dejarse engañar por su aspecto nostálgico a tienda de ultramarinos, pues lo que guardan en su interior es un auténtico salón de juegos de la psique, un casino donde se apuestan sueños en lugar de dinero y la casa, tarde o temprano -más temprano que tarde- siempre gana.
Muchas expediciones de taikonautas han coincidido en que son cosas inevitables que deben ser atendidas. El problema que se plantea en este cinturón surge, sin embargo, cuando empezamos a asociar todo con cómo nos afecta personalmente. La cultura de la ética protestante era muy buena en empujar esta cáscara como la única de la que debíamos preocuparnos. Aquí los habitantes del cosmos han sido condicionados a esperar ser atendidos. Reciben su café y sus hamburguesas calcitas con queso exactamente como lo quieren, y si no, no sienten ni una pizca de reflexión al volver y quejarse. Incluso su fe se hace constantemente personal.
-Dios te ama a ti en vez de al mundo.- enuncia el noosceta sincrético para salir del paso mientras que la comunidad tiamita aplaude con un histrionismo desconfiado y expresiones insoportables.
A la vuelta a la chullima, la taikonauta laika se asegura de ayudar a su compañero noosceta y parten de inmediato. Tras un largo silencio, su hocico risueño se recompone.
-El predicado Dios te ama, hace que nos perdamos cuando lo relegamos a un amor personal en lugar de un amor holístico en el que todo el cosmos puede participar y con los demás.- ladra orgullosa de toda su prole.
-Lenin vino a mostrarnos un camino más elevado que sólo mi historia.- El padre sincrético sonríe y, a continuación, ponen rumbo hacia la siguiente cáscara.
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